Las cadenas no pueden aprisionar el alma

Las cadenas no pueden aprisionar el alma

Durante mis años en el seminario, tuve varios encuentros con personas privadas de la libertad cuyas vidas habían sido transformadas por sus experiencias en prisión. En una ocasión, antes de mi ordenación diaconal, fui asignado a la prisión New Bilibid, en Muntinlupa, para impartir catequesis a nuestros hermanos internos del área de seguridad media. Mi presencia allí era una confirmación de que Dios ya estaba obrando entre ellos. La dedicación de los internos y su deseo de conocer más acerca de Dios y profundizar su relación con Él eran muy inspiradores.

A pesar de todo lo que habían vivido, del sufrimiento que soportaban como consecuencia de sus acciones y de su disposición para enmendar sus vidas, vi en ellos una manifestación del amor inagotable de Dios. Cada vez que compartían sus historias personales, me maravillaba ver cómo poco a poco experimentaban el amor liberador de Dios, manifestado en sus testimonios. Su experiencia tras las rejas les abrió el camino para comprender lo que significa la verdadera libertad: una libertad que nace de un corazón dispuesto a dejar atrás las heridas del pasado, vivir el presente con gratitud y afrontar el futuro con esperanza. Mi experiencia en la pastoral penitenciaria tuvo un impacto significativo en mi vida mientras continuaba mi camino misionero.

Años después de mi ordenación sacerdotal, volví a encontrarme con esta experiencia cuando tuve la oportunidad de visitar un penal en Ancón, Lima, Perú. Se encontraba a dos horas en automóvil de la parroquia de los Santos Arcángeles, donde yo estaba asignado. Nunca pensé que tendría la oportunidad de continuar con este ministerio, tan cercano a mi corazón, hasta que se acercaron a mí dos voluntarios de la pastoral penitenciaria, un matrimonio, Reginaldo y Marleni. Llevaban muchos años sirviendo en este ministerio y tenían una relación muy cercana con los Columbanos, pues formaban parte de los Colaboradores Misioneros Columbanos, un ministerio fundado por el P. Noel Kerins, un misionero Columbano irlandés cuyo principal propósito era capacitar a la gente del lugar para convertirse en misioneros.

Cuando compartieron conmigo sus experiencias en la prisión, especialmente las dificultades para encontrar a un sacerdote que administrara los Sacramentos, comprendí la importancia del acompañamiento: el don de mi presencia entre los internos, especialmente entre los migrantes que llevaban muchos años en prisión sin recibir visitas de sus familias. Mi compromiso de colaborar en la pastoral penitenciaria me llenó de una inmensa alegría, especialmente cuando celebré la Misa con ellos justo después de la pandemia, cuando nuevamente se permitió la entrada de visitantes a la prisión. Recuerdo cómo se acercaron a mí llenos de gratitud y me dijeron que habían estado esperando ese momento para finalmente recibir al Señor en la Eucaristía, después de muchos años desde la última Misa a la que habían asistido en sus países de origen.

Aquella celebración no terminó allí. Tuve varias oportunidades de volver a visitarlos. No solo celebrábamos la Misa, sino que también me pedían confesarse. Esos momentos me confirmaron que ya no era un extraño para ellos: era uno de ellos. Son mis hermanos, que nunca dejan de confiar en la misericordia de Dios. Sin importar cuál haya sido su pasado, se aferran a la esperanza de no haber sido olvidados.

Mis visitas frecuentes —administrando los Sacramentos, celebrando la Misa y compartiendo sencillas comidas de ágape con lo poco que tenemos—, acompañadas de sus inspiradoras historias, son verdaderamente como un banquete celestial que se hace presente en la tierra. Sus historias reflejan el amor infinito de Dios y les permiten aferrarse a la esperanza de que algún día, cuando vuelvan a ver a sus familias, serán personas renovadas, ya no prisioneras de su pasado.

Mi misión en Perú, especialmente entre los migrantes, ha ampliado mis horizontes. Los migrantes no solo se encuentran en las calles de Lima o en las periferias de la parroquia. Algunos están en prisión, sin nadie que los visite. El anhelo de reunirse nuevamente con sus familias es una lucha de todos los días. Sin embargo, mediante mi presencia y con la ayuda de voluntarios comprometidos, han encontrado una nueva familia. Es una bendición formar parte de este camino.

Mientras continúo la misión de Dios en Perú, siempre espero con alegría el momento de estar con ellos, de sentirme inspirado por sus historias de esperanza y fortalecido por la amistad y la fraternidad que hemos construido. Al igual que en mi experiencia en Filipinas, lo mismo sucede en Perú: los internos ya no son etiquetados por su pasado. Son vistos como hermanos cuyas vidas reflejan el amor incesante de Dios.

Su testimonio me ha enseñado el verdadero significado de la libertad: aun cuando estés tras las rejas, si liberas tu corazón de las heridas del pasado, los resentimientos, la ira y la desesperanza, te conviertes en un ejemplo vivo de que la verdadera libertad nace del corazón, y nadie puede quitarte este don de Dios.